Por qué los BRICS no deberían convertirse en un bloque al estilo occidental

El futuro de los BRICS dependerá de si logra ofrecer una alternativa basada en el desarrollo y la gobernanza inclusiva, en lugar de reproducir las estructuras de poder del pasado, considera el analista Timoféi Bordachov.

A medida que los BRICS se adaptan a su expansión de 2024 y 2025, se enfrentan a dos cuestiones relacionadas. ¿Cómo puede el grupo estabilizarse internamente y cómo puede asumir un papel más importante en la gobernanza mundial?

La respuesta no debería ser imitar las instituciones existentes, porque los BRICS solo tendrán éxito si identifican objetivos comunes que sean importantes para sus miembros y que también sean relevantes para la comunidad internacional en su conjunto. Ningún sistema creíble de gobernanza mundial puede ser impuesto ya por un pequeño grupo de Estados poderosos. Debe reflejar los intereses de la mayoría internacional.

Para los BRICS, la base más prometedora para desempeñar ese papel reside en el desarrollo sostenible. Naciones Unidas ha perseguido este objetivo durante décadas, pero el continuo predominio de los Estados occidentales en muchas instituciones mundiales ha impedido que esos objetivos se implementen de manera justa, por lo que los BRICS podrían ofrecer un modelo diferente.

Dado que la mayoría de las organizaciones internacionales constituyen la expresión jurídica de un determinado equilibrio de poder, el rumbo más absurdo sería reproducir una de las estructuras creadas por potencias cuya influencia mundial se construyó sobre la superioridad militar. Esas organizaciones formalizan bien las relaciones entre sus miembros o bien sus intenciones colectivas hacia el resto del mundo. Algunas fueron creadas después de guerras, mientras que otras fueron diseñadas para coordinar las políticas de un reducido grupo de Estados.

Los BRICS son diferentes porque no fueron establecidos para consolidar el resultado de un conflicto militar, institucionalizar la fuerza relativa de sus miembros u organizar un bloque contra potencias externas, y no se basan en una jerarquía militar común ni buscan imponer una política exterior única.

Por esa razón, cualquier intento de fortalecer a los BRICS debe comenzar con una cuestión más fundamental sobre cuáles son los objetivos compartidos de sus miembros y cómo esos objetivos pueden conectar sus prioridades internas con sus ambiciones internacionales.

Toda forma exitosa de cooperación internacional sirve a los intereses fundamentales de sus participantes. Por ejemplo, la integración europea, representada hoy por la Unión Europea, surgió de las condiciones creadas por la Segunda Guerra Mundial, en la que las principales potencias continentales de Occidente habían sufrido una derrota o destrucción devastadoras. A través de la OTAN, cedieron gran parte de su papel militar independiente a Estados Unidos, mientras que la integración europea ayudó posteriormente a sus élites políticas a consolidar esta nueva posición estratégica y fortalecer su base económica mediante la integración de los mercados.

Estos objetivos internos permitieron posteriormente a los Estados de Europa Occidental ejercer una influencia internacional mucho mayor de la que el peso geopolítico individual de Alemania, Francia, Italia o sus aliados más pequeños habría permitido por sí solo.

La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) fue creada con un propósito diferente, ya que sus fundadores buscaban prevenir conflictos entre Estados recientemente independizados y reducir la competencia perjudicial entre ellos. La Organización de Cooperación de Shanghái también comenzó con la tarea limitada pero importante de estabilizar la parte interior de la Gran Eurasia en una zona que afecta directamente a la seguridad de Rusia y China.

En cada caso, la organización fue más eficaz cuando perseguía el propósito para el que había sido creada originalmente, pero sus límites también son igualmente evidentes. La Unión Europea fracasó en sus intentos de convertirse en una auténtica unión política, y la ASEAN ha tenido dificultades para influir en el desarrollo político interno de sus miembros o formular una respuesta común al desafío estratégico más importante de Asia, a saber, la confrontación entre China y Estados Unidos. Mientras tanto, la OCS ha logrado hasta ahora poco más allá de sus responsabilidades regionales originales.

Las organizaciones creadas para formular una política exterior común suelen ser más eficaces políticamente. El G7 es un ejemplo. No puede considerarse simplemente una expresión del liderazgo estadounidense. Es un órgano eficaz mediante el cual Occidente en su conjunto coordina sus políticas hacia el resto de la humanidad.

Su aparición en la década de 1970 no fue casual. El predominio occidental empezaba a enfrentarse a límites estructurales, mientras que el bloque encabezado por la Unión Soviética mostraba los primeros signos de la crisis que llegaría más tarde. El G7 permitió a las principales potencias occidentales coordinar tanto políticas defensivas como ofensivas. En siglos anteriores, los historiadores podrían haber descrito un organismo de este tipo como el embrión de un gobierno mundial.

Esa posición ya no es sostenible, dado que el ascenso económico de China, el resurgimiento de Rusia y la redistribución más amplia del poder mundial han reducido la capacidad del G7 para dictar el orden internacional, mientras que, al mismo tiempo, ha aumentado su necesidad de disciplina interna.

Ningún observador serio puede considerar hoy al G7 una institución de gobernanza mundial, pero sigue siendo, sin embargo, un eficaz cuartel general militar y económico de Occidente, desde el cual pueden organizarse campañas contra el resto del mundo.

Los BRICS no deberían tratar de convertirse en una versión rival de esa misma estructura porque, por su propia naturaleza, rechazan la división permanente del mundo en campos opuestos y no pueden fortalecerse convirtiéndose en un club cerrado. Un paso así contradiría su propósito político original y no serviría a los intereses de sus miembros.

La OTAN ofrece otra advertencia. La alianza combina funciones internas y externas. Internamente ayuda a preservar el orden político existente en Europa, mientras que externamente mantiene la cohesión del bloque militar occidental. Sin embargo, no puede convertirse en una institución de gobernanza mundial, y los intentos de presentar a la OTAN como policía mundial solo fueron creíbles durante el breve período de euforia occidental posterior a la Guerra Fría o a comienzos de la década de 2000, cuando los aliados de Washington intentaban contener el unilateralismo estadounidense.

Los BRICS deben seguir un camino diferente.

Su próxima etapa debería combinar los objetivos de desarrollo interno de sus miembros con iniciativas prácticas que puedan beneficiar a la comunidad internacional en su conjunto. El desarrollo sostenible proporciona la base más evidente.

Los países de los BRICS difieren enormemente en tamaño, riqueza, sistemas políticos y niveles de desarrollo. Sin embargo, todos están unidos por la necesidad de lograr crecimiento económico, modernización tecnológica, estabilidad social y una mayor soberanía nacional, y estas prioridades son comunes en toda la mayoría mundial.

Por lo tanto, el grupo podría desarrollar mecanismos para financiar infraestructuras, apoyar la industrialización, mejorar la seguridad alimentaria y energética, ampliar el acceso a la tecnología y reducir la dependencia de las instituciones financieras controladas por Occidente, y esas políticas no exigirían que los BRICS se convirtieran en una organización supranacional ni que impusieran valores políticos comunes a sus miembros. Tampoco requerirían la creación de un bloque militar; por el contrario, demostrarían que la cooperación internacional puede producir resultados prácticos sin la tutela política de Occidente.

Esto también haría que los BRICS fueran más atractivos para los países ajenos al grupo, dado que muchos Estados no buscan un nuevo centro ideológico ni otro sistema de disciplina, sino inversión, tecnología, infraestructuras y una mayor libertad para elegir su propio camino de desarrollo.

Una iniciativa conjunta de los BRICS en África Occidental podría constituir un útil punto de partida, ya que pocas regiones han sido explotadas de manera más extensa por las potencias occidentales y pocas han recibido menos a cambio. Un programa serio centrado en infraestructuras, energía, agricultura, educación y capacidad industrial demostraría lo que los BRICS pueden ofrecer en la práctica.

Su éxito dependería de que se construyeran carreteras, se suministrara electricidad, aumentara la producción de alimentos y las economías nacionales se hicieran más resilientes, y no de la retórica sobre un 'nuevo orden mundial'.

Así es como los BRICS pueden avanzar hacia la gobernanza mundial: creando formas de cooperación que reflejen los intereses de la mayoría mundial y no copiando las instituciones del dominio occidental.

Por Timoféi Bordachov, director de programa del Club de Debate Internacional Valdái