Cuando Margaret Thatcher la recibió en Londres, seguro que ni se le pasó por la cabeza que aquella escultora pudiera haber sido en el pasado una avezada agente de la inteligencia soviética. La 'Dama de Hierro' se mostró amable con 'Madame Elena' y le agradeció su regalo: un busto de ella misma que colocó en su escritorio.
En la URSS y en todo el mundo, Elena Alexándrovna Kósova era reconocida como una exitosa escultora. Sus obras se exhiben actualmente en museos de Europa: doce en Hungría, tres en Francia y ocho en Rusia. En total, sumó doce exposiciones individuales e hizo casi sesenta esculturas, incluida la mencionada de Thatcher y otras de Brézhnev, De Gaulle o Kennedy... Parecía que la vida de esta encantadora mujer era transparente y de dominio público.
Solo un círculo reducido de amigos y de colegas sabía que Elena era agente de la inteligencia exterior, incluido, por supuesto, su esposo, Nikolái Kósov, también agente de inteligencia, amén de brillante periodista y vicepresidente de la Asociación de Corresponsales Extranjeros ante la ONU. Junto a él, Elena llevó a cabo varias misiones en diversos países, siendo destacado su trabajo en la estación de servicios secretos de la URSS en Nueva York.
Fue la primera mujer soviética que trabajó para la ONU y que formó parte del equipo de Vladímir Barkovski, a cargo de inteligencia científica y técnica sobre un proyecto crucial para el desarrollo de armas atómicas en la URSS. Aunque muchos aspectos del trabajo de Kósova permanecen clasificados, se sabe que fue responsable de decenas de operaciones exitosas y que no protagonizó ni un solo fracaso.
Una hija de oficial en los servicios secretos
Elena Kósova (cuyo apellido de soltera no figura en fuentes públicas) nació en 1925 en Moscú, en la familia de un oficial de guardia fronteriza. Su padre se graduó en la Academia Frunze, combatió en la Gran Guerra Patria y fue ascendido a general.
La propia Elena, que se entrenó diligentemente como francotiradora, ansiaba ir al frente, pero cuando estuvo lista para la batalla, Alemania ya había capitulado. Kósova decidió entonces completar un curso de dos años de lengua extranjera en la Escuela Superior del Ministerio de Seguridad del Estado (MGB).
Allí conoció a su esposo, Nikolái Kosov, oficial de inteligencia, donde él también se graduó. Nikolái trabajó como traductor para altos funcionarios del Gobierno, acompañando, por ejemplo, al ministro de Asuntos Exteriores soviético, Viacheslav Mólotov, en sus negociaciones y viajes al extranjero.
Tras graduarse, Elena trabajó en el Departamento 'V' del Comité de Información (como se conocía entonces a la inteligencia exterior), en la división estadounidense. Dos años más tarde, en 1949, la primera teniente E. Kósova y su esposo partieron en misión a Estados Unidos, ambos como corresponsales de TASS.
Sin embargo, debido a diversas circunstancias, Elena tuvo que trabajar primero como traductora en la Misión de la URSS ante la ONU. Ese fue su primer perfil oficial. Sin embargo, según le explicó jefe, la plantilla de TASS estaba completa y para incluir a Elena, TASS tendría que despedir a una mujer afroamericana, madre de tres hijos. Kósova, por supuesto, se negó a una reorganización semejante.
Después fue ascendida. "Me asignaron a la sección africana sobre territorios no autónomos", recordaría más tarde. "Presentaba informes, realizaba análisis y, en general, desempeñaba mis funciones oficiales de tal forma que nadie podía encontrar fallos. Cuando me dieron una oficina propia, la puerta nunca se cerraba. Todo el mundo entraba, como en un zoológico, para mirarme", explicaba.
El trabajo era interesante, ya que la sección incluía personas de una gran variedad de países: Inglaterra, Austria, Polonia e incluso China. Después del trabajo, Elena se despedía hasta el día siguiente, e iba a su 'segundo trabajo', en el operaba bajo el seudónimo de 'Anna'.
De las memorias de una oficial de inteligencia
A tenor de lo que Elena Alexándrovna compartió con la prensa, sus funciones secretas incluían reunirse con agentes extranjeros, imprimir y traducir mensajes secretos y entregarlos en un lugar designado. Tenía que llevar a cabo misiones complejas y arriesgadas. En concreto, debía mantener contacto con dos agentes: una mujer de una delegación europea ante la ONU y una estadounidense que trabajaba en una importante agencia gubernamental.
En una ocasión, la 'estación' soviética en EE.UU. decidió aprovechar la presencia de Kósova en el país norteamericano para salvar del arresto a uno de los oficiales de inteligencia soviéticos que trabajaba ilegalmente en Estados Unidos y corría peligro. Según algunos datos, estaba previsto que lo detuvieran durante una reunión con un representante del cuerpo diplomático soviético en un parque. "Una reunión típica de este tipo requiere tres días de preparación. Se vigila el restaurante al que irá la persona, donde se puede comprobar si la están siguiendo. Pero yo no tenía tiempo para todo eso", relató.
Un primer intento de 'interceptar' al oficial de inteligencia para avisarle del peligro con antelación fracasó, por lo que Kósova se vio obligada a arriesgar su vida yendo al parque, donde finalmente localizó a su objetivo. Tras darle al agente ilegal (en presencia de los agentes de la FBI) las señales de peligro previamente acordadas, Elena se apresuró a subir a su coche, aparcado en una calle desierta, y regresó a Nueva York.
Anna y Yán (el seudónimo de su esposo Nikolái) pasaron siete largos años en Estados Unidos, repletos de misiones operativas, innumerables reuniones, viajes y riesgos diarios.
Mamá y 'cocinera'
Generalmente, suele darse por sentado que no existen los exoficiales de inteligencia, incluso si se retiran oficialmente de la profesión.
"A los treinta años, descubrí que estaba embarazada", recordaba Elena. "Eso lo cambió todo. Decidí dedicarme al bebé. Mi madre estaba enferma y no había nadie para ayudarme. Además, no le habría confiado mi hijo a nadie [...]. Vine y pedí tres años de baja". Pero el 'Centro' [el mando de servicios secretos en Moscú, según su jerga profesional] me ofreció la oportunidad de jubilarme y, si quería, regresar cuando quisiera", contó. Así lo hizo, aunque nunca regresó, si bien la inteligencia siguió siendo una parte fundamental de su vida, pues, al fin y al cabo, era la esposa de un oficial de inteligencia. Además, doce años de servicio no se olvidan fácilmente.
En su siguiente misión al extranjero —en los Países Bajos— Elena acompañó a Nikolái exclusivamente en calidad de esposa, y aunque no participó directamente en operaciones, sí ayudó a su marido y a la inteligencia exterior soviética en todo lo que pudo. A veces su esposo le encargaba que "conociera" mejor a la esposa de algún extranjero, que realizara una investigación inicial, que "conversara" con una pareja casada en una recepción. Se reunía con las esposas de los posibles agentes y evaluaba a sus familias para determinar si podrían colaborar. Al fin y al cabo, no siempre era posible hacerlo todo solo: Nikolái estaba bajo estrecha vigilancia.
Su hijo pequeño le preguntó en una ocasión a qué se dedicaba. Elena hizo una pausa: "Soy cocinera, hijo mío". Después de todo, también disfrutaba mucho cocinando para su marido y su hijo.
Dotes artísticas
En una ocasión, durante su estancia en Países Bajos, Nikolái presentó a Elena a la esposa de un diplomático búlgaro que estudiaba en la Academia neerlandesa de Bellas Artes. Aquella mujer convenció a Elena para que asistiera a su clase y probara suerte con la escultura, ya que le resultaba muy interesante y, sobre todo, porque el modelo de ese día era inusual: ¡un afroamericano sentado!
"Cuando lo esculpí", relató Kósova, "el profesor anunció inmediatamente la decisión: había sido admitida al segundo curso. Incluso me entregaron un documento que me acreditaba como estudiante de segundo año en la Academia de Bellas Artes. Desafortunadamente, no pudo volver a asistir: su hijo enfermó, luego sucedieron otras cosa, y la escultura quedó fuera de su vida durante mucho tiempo. "Pero descubrí que podía hacerlo", explicaba.
La siguiente experiencia de Elena le reportó un éxito rotundo. Fue en Budapest, donde Nikolái Kósov fue nombrado representante oficial del KGB en Hungría. A los cincuenta años, encontró una segunda vocación, simplemente tomando un trozo de arcilla. Todo comenzó por su amor por Sándor Petőfi, poeta, rebelde e incomparable letrista, cuyo retrato escultórico moldeó Elena.
A este le siguió una escultura de Orány János, un bardo húngaro de poesía épica del siglo XIX donada a un museo local. La comunidad artística quedó encantada. Críticos y periodistas elogiaron la obra de la desconocida artista soviética. A partir de ese momento, Elena creyó plenamente en sus propias capacidades y comenzó a plasmar todo lo que había aprendido a lo largo de los años en retratos escultóricos de personas que le resultaban interesantes. Es más, pasó cuatro años formándose solo en técnicas de escultura impartidas por el renombrado maestro húngaro Olcsai-Kiss Zoltán.
Después de seis exposiciones individuales en Hungría, tuvo por fin un reconocimiento en su país natal: desde 1984, Elena se convirtió en miembro de pleno derecho de la Unión de Artistas de Rusia.
Elena sobrevivió a su esposo durante casi diez años y falleció en febrero de 2014, a la edad de 89 años.