El conflicto de EE.UU. con el resto del mundo —visible hoy en escenarios como Irán, entre otros— no es una reacción coyuntural, sino la expresión de una lógica histórica más profunda. Comprenderla exige observar cómo se construyó su hegemonía global y por qué ese poder depende cada vez más de la confrontación permanente.
El ascenso de EE.UU. como líder del centro imperialista mundial está ligado a las dos guerras mundiales del siglo XX. La primera fue, en esencia, una guerra entre potencias europeas por el reparto colonial del planeta; la segunda estalló cuando aquellas potencias derrotadas o insatisfechas intentaron reconstruir imperios perdidos o abrirse paso hacia nuevos territorios. De ese choque nacieron proyectos como el fascismo italiano y el nazismo alemán, que como advirtió Aimé Césaire, no hizo sino aplicar en Europa los métodos de dominación que las potencias coloniales llevaban siglos practicando en África, Asia y América. Por eso, del mismo modo que no podemos separar capitalismo de fascismo, tampoco puede separarse el fascismo del imperialismo que lo engendró.
Fue en esa crisis del orden imperial europeo donde el mapa del poder mundial cambió radicalmente. Entre Normandía y el resplandor devastador de Hiroshima y Nagasaki se selló el declive de las viejas potencias imperiales: Japón fue derrotado y Europa quedó arrasada, sus imperios comenzaron a resquebrajarse y, en ese vacío histórico, emergió EE.UU. como nuevo centro del sistema capitalista internacional.
Pero esa nueva hegemonía no surgía de una lógica distinta. La propia historia estadounidense había estado marcada por el mismo impulso de expansión. Nacida como colonia europea asentada sobre la expulsión y el exterminio de los pueblos indígenas, su crecimiento territorial se proyectó desde la conquista del oeste y la anexión de territorios mexicanos hasta la dominación del Caribe y América Latina. Como explicó Marx, no son los pueblos quienes necesitan expandirse, sino el capital, que busca incesantemente nuevos mercados, materias primas y espacios de inversión; una dinámica que impulsó tanto la expansión de los viejos imperios europeos como el posterior ascenso estadounidense.
Entre Normandía y el resplandor devastador de Hiroshima y Nagasaki se selló el declive de las viejas potencias imperiales: Japón fue derrotado y Europa quedó arrasada, sus imperios comenzaron a resquebrajarse y, en ese vacío histórico, emergió EE.UU. como nuevo centro del sistema capitalista internacional.
Sin embargo, ese ascenso estuvo atravesado por profundas contradicciones. La industrialización dio origen a un poderoso movimiento obrero que protagonizó intensas luchas sociales, a las que el Estado, como instrumento de la dominación del capital, respondió con represión, persecución sindical y un reforzamiento constante de sus mecanismos de control político. Al mismo tiempo, el siglo XX estuvo marcado por revoluciones que desafiaron el orden dominante —México en 1910, Rusia en 1917 y Cuba en 1959, entre otras— demostrando que podían construirse sistemas alternativos basados en los intereses de obreros y campesinos.
En ese escenario de confrontación mundial, Washington consolidaba su hegemonía mediante el orden económico surgido de Bretton Woods: el dólar se convertía en el eje del sistema financiero internacional, primero respaldado por el oro y, tras su ruptura en 1971, sostenido por la alianza con las monarquías del Golfo y el nacimiento del sistema del petrodólar.
Tras la desaparición de la Unión Soviética y el Bloque socialista parecía confirmarse la victoria definitiva de ese modelo; pero al perder su principal antagonista, el sistema necesitó nuevos enemigos que justificaran su aparato militar. En ese vacío, el llamado 'islam político' ocupó el lugar que antes había tenido el comunismo. Así, mientras las guerras del Golfo, Irak o Afganistán se presentaban como lucha contra el 'terrorismo' respondían realmente al control geopolítico de regiones estratégicas para el suministro energético y la hegemonía estadounidense.
A veces se discute si Israel es el perro o el rabo; en realidad ambos forman parte del mismo cuerpo. Israel actúa como avanzada militar en la región mientras Washington protege ese enclave para asegurar su dominio sobre el corazón energético del sistema mundial.
En ese escenario regional ocupa un lugar central el Estado de Israel. Fundado en 1948 tras el final del mandato colonial británico sobre Palestina, constituye una herencia directa del orden imperial europeo en Asia Occidental: un enclave que sobrevivió a la descolonización y cuyo control pasó gradualmente de las viejas metrópolis europeas al nuevo centro del poder imperial. Su alianza con Washington no es una dependencia invertida, sino la continuidad de ese mismo dispositivo de dominación bajo otra dirección. A veces se discute si Israel es el perro o el rabo; en realidad ambos forman parte del mismo cuerpo. Israel actúa como avanzada militar en la región mientras Washington protege ese enclave para asegurar su dominio sobre el corazón energético del sistema mundial.
Sin embargo, ese orden imperial heredado del siglo XX no tardó en mostrar sus fisuras. A partir de los años 2000 comenzaron a aparecer nuevas tensiones en el sistema internacional. La invasión de Irak en 2003 reveló los límites del poder militar estadounidense, mientras en América Latina emergía un ciclo político que cuestionaba abiertamente la hegemonía de Washington. El "fin de la historia" proclamado en los años noventa no solo fue prematuro, sino profundamente equivocado.
En el fondo, el problema para EE.UU. reside en una contradicción difícil de sostener: la enorme estructura económica creada por décadas de acumulación necesita expandirse constantemente, pero en un mundo donde emergen nuevas potencias y regiones que reclaman mayor autonomía, ese margen de expansión se estrecha. Cuando el crecimiento deja de satisfacer las necesidades del capital, la competencia se vuelve más agresiva y la política exterior adopta, en consecuencia, formas cada vez más violentas.
Cada administración ha reflejado, a su manera, esa deriva: George W. Bush articuló la 'guerra de civilizaciones' tras el 11-S; Barack Obama amplió el uso de drones y las intervenciones indirectas; Joe Biden consolidó nuevas doctrinas estratégicas, incluida la posibilidad de empleo preventivo de armas nucleares. La reaparición de Donald Trump condensa muchas de estas tendencias: un imperio cada vez más ansioso por preservar su posición dominante, una sociedad profundamente fracturada y el ascenso de corrientes reaccionarias que siempre formaron parte de la historia estadounidense, pero que hoy alcanzan una visibilidad inédita en el poder estatal.
Cuando el crecimiento deja de satisfacer las necesidades del capital, la competencia se vuelve más agresiva y la política exterior adopta, en consecuencia, formas cada vez más violentas.
Es en ese contexto donde debe entenderse la actual agresión contra Irán. No se trata de una intervención más. Irán no es un Estado aislado ni una pequeña nación cercada por bases estadounidenses, sino una potencia regional con estructura militar considerable y situada en el cruce estratégico entre Asia Occidental, Asia Central y el Cáucaso, además de mantener vínculos cada vez más estrechos con Rusia y China. Sin embargo, tampoco es una potencia agresora que proyecte bases militares por todo el planeta. Lo que está en juego es su derecho a defender su soberanía frente a la agresión militar, económica y política de EE.UU. y su principal aliado regional, Israel, que en estos momentos está de manera paralela perpetrando un genocidio contra la población de Gaza.
Azuzar ese avispero podría desencadenar reacciones en cadena desde Asia Occidental hasta las fronteras meridionales de Rusia o el oeste de China. No sería un conflicto local, sino un episodio más de la crisis del orden imperialista construido durante más de un siglo por las potencias capitalistas —primero europeas y después estadounidenses— para garantizar la expansión de sus capitales.
En Ucrania la OTAN impulsó una guerra proxy contra Rusia; hoy la presión se dirige también contra Irán, mientras la rivalidad con China reorganiza la política mundial. No se trata de un conflicto 'civilizatorio', sino de la reacción de un imperialismo en crisis que intenta preservar por la fuerza un orden internacional diseñado para sostener su dominio económico y estratégico.
Y ahí reside el mayor peligro de nuestro tiempo. Un régimen atravesado por una profunda crisis —aliado a otro, en igual proceso de descomposición (Israel)— parece cada vez más dispuesto a utilizar la confrontación externa para sostener un orden que se resquebraja. Pero la guerra que podrían desencadenar no sería solo contra Irán, sino contra cualquier intento de superar el sistema imperialista que ha dominado el mundo durante décadas. Por eso hoy resulta más urgente que nunca levantar una consigna clara desde todos los rincones del planeta: no a la guerra del imperialismo contra Irán y contra el mundo.


