Entre Washington y Pekín: el sentido político del viaje de Sánchez

Carmen Parejo Rendón

La reciente visita de Pedro Sánchez a la República Popular China se produce en un momento de alta tensión global, marcado por la agresión de EE.UU. e Israel contra Irán y la escalada del conflicto en Asia Occidental, así como por el creciente malestar de varios aliados europeos ante una dinámica que amenaza con arrastrarlos a un escenario de confrontación de consecuencias imprevisibles.

Un escenario de fricción en el cual el presidente español se ha destacado, adoptando un tono especialmente crítico con la estrategia de Washington en Asia Occidental, llegando incluso a vetar el uso del espacio aéreo español para determinadas operaciones militares. La decisión ha provocado tensiones directas con la administración Trump, hasta el punto de amenazar con revisar la presencia de bases estadounidenses en territorio español.

Por otra parte, China no es un destino cualquiera. Se trata del principal polo de poder que cuestiona el orden internacional surgido tras el final de la Guerra Fría y considerado abiertamente como rival estratégico por la Organización de Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y por EE.UU. En este sentido, el viaje adquiere una carga política y simbólica evidente.

Durante el encuentro, Xi Jinping reconoció a Sánchez por situarse en el "lado correcto de la historia", en referencia a su posición respecto a Palestina o Irán, mientras el presidente español insistía en la necesidad de una mayor implicación de China en la resolución de los conflictos globales.

Las grietas que empiezan a aflorar no son solo diplomáticas ni coyunturales. Expresan una dificultad creciente de Estados Unidos para mantener una alineación automática y disciplinada de sus aliados.

En este sentido, conviene tener en cuenta que, aunque las relaciones económicas entre España y China han ido creciendo desde el gobierno de Mariano Rajoy y se han consolidado aún más con el actual gabinete, este encuentro marca una diferencia cualitativa respecto a los anteriores. A diferencia de otras ocasiones, centradas fundamentalmente en acuerdos económicos bilaterales, en esta visita el componente político ha adquirido un protagonismo mucho mayor.

Ahora bien, las grietas que empiezan a aflorar no son solo diplomáticas ni coyunturales. Expresan una dificultad creciente de Estados Unidos para mantener una alineación automática y disciplinada de sus aliados. Lo relevante no es tanto la existencia de desacuerdos —siempre los ha habido— como su creciente visibilidad y frecuencia, incluso en cuestiones centrales de seguridad y política exterior. Y aunque el liderazgo estadounidense sigue siendo determinante, cada vez encuentra más límites efectivos para articular de forma coherente a su propio bloque.

En este contexto, la estrategia impulsada por Trump y su gabinete no puede entenderse como una simple continuidad, sino como un intento de recomponer ese liderazgo en crisis a través de una fórmula distinta, que además logró articular un correlato político internacional con aliados relevantes, especialmente en Europa. Sin embargo, lejos de revertir la tendencia de fondo, esta apuesta ha terminado por acelerarla. La crisis de autoridad estadounidense, asentada sobre bases materiales de largo recorrido, se ha visto así agravada por una política exterior errática que ha erosionado como pocas veces antes su credibilidad internacional y su capacidad de ejercer poder blando.

A diferencia de etapas anteriores, en las que las distintas administraciones también enfrentaron límites y cometieron errores, el impacto acumulado de esta estrategia ha sido especialmente profundo: no solo debilita la posición de Estados Unidos, sino que arrastra consigo al espacio político-ideológico transatlántico que se había articulado en torno a ella, acentuando sus contradicciones internas y su pérdida de coherencia.

En Europa, esta contradicción se manifiesta de forma aún más evidente. Fuerzas políticas afines se alinean con Washington en escenarios internacionales que no refuerzan su autonomía, sino que generan efectos materiales adversos: encarecimiento de la energía, inflación y deterioro de las condiciones de vida.

Por un lado, ese proyecto se presenta como defensor de la soberanía nacional. Sin embargo, en la práctica, esa soberanía se revela profundamente inconsistente. En Estados Unidos, sectores del propio entorno político de Trump perciben una creciente ruptura entre el discurso de repliegue interno y la implicación en conflictos como el de Irán, interpretado por muchos como una subordinación a intereses externos.

En Europa, esta contradicción se manifiesta de forma aún más evidente. Fuerzas políticas afines se alinean con Washington en escenarios internacionales que no refuerzan su autonomía, sino que generan efectos materiales adversos: encarecimiento de la energía, inflación y deterioro de las condiciones de vida. Esto erosiona la credibilidad de su discurso soberanista, al evidenciarse la ausencia de una defensa efectiva de los intereses propios.

Ante este desgaste, el proyecto tiende a replegarse hacia su dimensión más movilizadora, pero también más frágil: el nacionalismo identitario. En este terreno, la apelación a la tradición cristiana adquiere un papel central, no tanto como expresión religiosa en sentido estricto, sino como elemento político dentro de una narrativa de confrontación civilizatoria frente a un 'otro' externo. Sin embargo, también aquí emergen contradicciones.

Las tensiones entre Trump y el Vaticano, junto con las fricciones que esto genera en fuerzas europeas que combinan conservadurismo político y referencias religiosas, evidencian que tampoco este eje garantiza la cohesión.

Las tensiones entre Trump y el Vaticano, junto con las fricciones que esto genera en fuerzas europeas que combinan conservadurismo político y referencias religiosas, evidencian que tampoco este eje garantiza la cohesión. En esta misma línea, los recientes enfrentamientos con Giorgia Meloni —hasta ahora uno de sus principales apoyos en Europa— ponen de manifiesto los límites de esa pretendida unidad. Incluso la dimensión simbólica —último refugio de coherencia del proyecto— comienza a resquebrajarse, consolidando un proceso de desgaste que se proyecta también a nivel internacional.

En este marco, Sánchez no solo se adapta a estas dinámicas, sino que también las aprovecha: el movimiento le permite reforzar su posición en el plano interno, marcando distancias con el alineamiento más rígido y cada vez más contradictorio que defienden PP y VOX, y al mismo tiempo abrir su perfil en el escenario internacional, sin rebasar los límites estructurales en los que se inscribe.

En particular, comienza a perfilarse como uno de los referentes europeos más visibles en oposición a la estrategia impulsada por Trump, en un momento en que ese enfoque muestra crecientes contradicciones y dificultades para sostener cohesión incluso entre sus propios aliados. Sin constituir un liderazgo estructurado, esta posición le permite capitalizar políticamente tanto el desgaste de ese bloque como la demanda de alternativas dentro del propio espacio occidental sin cuestionar sus fundamentos.

Ahora bien, España sigue formando parte de las principales alianzas occidentales y su política exterior continúa condicionada por ese marco. Lo que cambia no es tanto la posición como la forma de gestionarla. Sin embargo, reducirlo a eso sería simplificar en exceso. En una Europa con crecientes dudas sobre su papel en el mundo, cada gesto de autonomía, por limitado que sea, adquiere un valor político propio. En un escenario de pugna global, incluso los movimientos tácticos pueden terminar teniendo consecuencias estratégicas.